Una vez que España abrió la historia universal descubriendo al Nuevo Mundo y llenándolo con su vida y sus instituciones, no se conformó con ello, sino que sus hombres de empresa descubridora, conquistadora y misionera alzaron los ojos plus ultra (más allá) puesto que no inútilmente habían roto el mito clásico del non plus ultra (no más allá). Tendieron la vista en la misma dirección que Cristóbal Colón, hacia la Tierra de las especias, el mundo atractivo de China y Japón, las "Islas del Poniente".
Y el afán irresistible hacia allá los llevó, y tomaron posesión de un sin número de islas a las que dieron el nombre de islas Filipinas. México, entonces Nueva España, quedó en el centro del camino, entre el Océano Atlántico y el Pacífico, uniendo a España con el poniente (el oriente actual).
Fray Andrés de Urdaneta, religioso morador del Real Convento de San Agustín de la ciudad y corte de México, fue un cerebro director y el brazo eclesiástico de la empresa acometida en noviembre de 1564 para tomar posesión de las "Islas del Poniente" en nombre del rey Felipe II de España. Con el viaje, el "tornaviaje" y la posesión de las islas, la "real conciencia" se gravó más. Por eso, desde la primera expedición de fray Urdaneta los religiosos agustinos ermitaños descalzos, sus hermanos de religión, emprendieron la evangelización cristiana de aquellos países.
Pero como el rey entendía que su responsabilidad era mucha, alentó el envío de más órdenes religiosas y más misioneros. En Monzón, el 5 de septiembre de 1585 dictó la Ley XXV del Título XIV de las Leyes de Indias: "Encargamos a los provinciales que no detengan ni impidan el viaje a los religiosos que con licencia nuestra quisieren ir a la conversión y doctrina de los naturales de las Islas Filipinas". Y en justa proporción el mismo rey pagaba los gastos de transporte, de manutención y donaba los ornamentos, los cálices, y proveía el vino para la misa, y el aceite de la lámpara del Santísimo Sacramento que necesitaban los misioneros.
Hacia 1577 fueron para allá los franciscanos descalzos; después los jesuitas, y enseguida los dominicos, antes del fin del siglo XVI. Y al inicio del XVII los agustinos recoletos descalzos. A estas familias religiosas debe sumarse necesariamente el clero secular y los seglares con "espíritu de misión". Los carmelitas descalzos pugnaron por ir, pero no lo lograron.
Aunque después prevaleció el criterio de establecerse en Filipinas, aun sin conseguir misionar con gran éxito en China, Japón y Oceanía, al principio todos iban para allá con ánimo de abrir la puerta del oriente. Los jesuitas, por ejemplo, la consideraban "¡una empresa tan digna de la Compañía de Jesús!".
A los naturales de Nueva España y a los hijos de españoles nacidos en ella (criollos) se les consideraba "tiernos en la fe" católica y poseídos de un espíritu débil no acorde con la reciedumbre de una empresa de tal magnitud como ir a evangelizar tan lejanas y extrañas tierras. Se pensaba que no tenían "espíritu de misión". Hubo la idea común de que sólo fueran misioneros peninsulares. Esto no excluye que hayan ido algunos novohispanos, pero la norma ordinaria fue de reserva. Esta afirmación la apoyan dos puntos: 1) La Compañía de jesús fue ciertamente una o quizás la orden con más espíritu de apertura, sin embargo, llegó a tener mandatos del general, caso del padre Claudio Aquaviva, en carta fechada en Roma el 22 de marzo de 1603, como éste: "Que no se mande a ningún nacido en Nueva España a Filipinas" ; 2) Si las misiones o "barcadas" o grupos de misioneros se formaran en México, no habría razón para fundar hospederías u hosterías de misioneros. Es lógico que eran para hospedar a los que llegaban de España.
En efecto, para ilustrar el proceso de marcha de un misionero de Filipinas, podemos ver el caso del padre Francisco Colín (1592-1660). En 1623, estando en Zaragoza de España, pidió licencia al general de la Compañía de Jesús, padre Mucio Vitelleschi, para ir a Filipinas y éste se la concedió. Es indudable que también consiguió el permiso del rey. En 1625 fue a Madrid y a Sevilla para realizar su propósito. El 18 de julio de ese año se embarcó en Cádiz con otros 25 compañeros. A México llegaron el 26 de octubre y estuvieron en esta tierra cinco meses. El 26 de marzo de 1626 se embarcaron en Acapulco para Filipinas; esta segunda navegación de su recorrido duró tres meses, pero en ocasiones se alargaba e incluso resultaba desastrosa. El 18 de junio llegaron a las Islas y él partió enseguida a asumir el cargo de superior de la residencia de la "Isla Hermosa".
En consecuencia, el recorrido de los misioneros requería hospedaje, por lo menos, en el sur de España (Sevilla, Cádiz, Puerto de Santa María) en el Caribe o en la costa del Seno de México (La Habana y Veracruz) y en la costa del Océano Pacífico (Acapulco). En esa trayectoria México fue una etapa capital y los hosterías establecidos aquí servían entre otras cosas: 1) Para que los misioneros no se dispersaran en casas y conventos, causando molestias a las órdenes y cargándolas con gastos, ni alterando sus vidas de comunidad ni la propia, pues el número de componentes de las "barcadas" variaba, bien podían ser doce, quince, veinte, treinta o cuarenta misioneros. 2) Para que los misioneros descansaran de su largo y penoso viaje trasatlántico, si llegaban vivos; que en vida comunitaria avivaran su "espíritu de misión"; que adquirieran conocimientos sobre las tierras a las que iban, en tanto que en los hosterías moraban religiosos que habían estado en ellas; que se prepararan para otro viaje más largo y más penoso; y que si se arrepentían pudieran volver a España, pero no se quedaran en México.
El último punto de los enunciados fue muy atendido, en cuanto que el país gozaba de las excelencias que cantó Bernardo de Balbuena en La Grandeza Mexicana y por lo tanto el misionero estaba expuesto a desorientarse o perderse, ya que podía sentirse atraído, dice un cronista, "por la amenidad del cielo mexicano o de su sol" o bien dejarse seducir, escribió otro, por "los atractivos y alicientes que ofrecían el clima y las costumbres de Nueva España".
Los cuidados no eran de balde, pues el comisario de una orden llegó al exceso de "robarse" a un misionero de otra familia religiosa, con el fin de acrecentar el número de misioneros de su "barcada".
El paso por tierra mexicana, de Veracruz a Acapulco, deteniéndose en la ciudad y corte de México, era en verdad tentador. Por eso los franciscanos descalzos o dieguinos sacaron provecho de los males edificando conventos en Puebla, México, Cuernavaca, Taxco y Acapulco, pero sin externar sus intenciones y "corriendo con la voz, y nombre de hospedería para los descalzos, que pasaban a Filipinas. Y fue con este embozo como lograron formar la Provincia de San Diego de México, "hija" de la de San Gregorio de Filipinas, o sea que Nueva España dio, prestó y ayudó en la formación de Filipinas y aun recibió de vuelta, incluidas las instituciones.
Fueron pues las misiones con destino al oriente un ejército formado por escuadrones de varias fuerzas de la España Católica, que tuvieron hosterías u hospederías en México destinados para apoyo de su empresa.
Constituyen los hosterías de México para misioneros del oriente unos eslabones preciosos de una cadena tendida desde España, que vinculó con gran fuerza a México a Filipinas y por su medio a todo el oriente. Para ello fue necesario. el desfile continuado durante siglos de centenares de hombres que entregaron su vida a veces en plan muy heroico y que con sus actitudes levantaron un gigantesco puente de comunicación cultural, dejando como muestra de ello los hosterías, que en el caso de México son verdaderos monumentos históricos y artísticos, aunque criminalmente destazados, que por su naturaleza y fines son parte del patrimonio universal y por extensión fueron centros de estudios de lenguas y de gran movimiento económico, ya que para sostenerlos es lógico que era necesarísimo.
En síntesis, forman estos hosterías una magnífica porción del patrimonio religioso histórico y artístico de Nuevo Mundo. Se distinguen por su singularidad ya que no abundaron. Pero su esencia principal podemos hallarla en la intención declarada de la España Católica del Siglo de Oro que, en referencia al oriente, buscaba que A solis ortu usque ad occasum laudeter nomen Domini (Desde la salida hasta la puesta del sol sea alabado el nombre del Señor).
FUENTE: BIBLIOTECA ITAM, ESTUDIOS. filosofía-historia-letrasOtoño 1986 ALFONSO MARTINEZ. Hosterías de Nueva España para misioneros del Oriente






















